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De la arqueología al Museo

MUSEO DE MÉRTOLA

Un museo no es tan solo un lugar donde se muestran objetos y se conservan los recuerdos de un espacio y de un tiempo. Es, sobre todo, un punto importante de conexión con las personas y representa su identidad colectiva.

La arqueología cobra vida a través de los objetos y de los escenarios creados en las vitrinas de los museos, donde la información histórica y arqueológica se transforma en un lenguaje simple, que pretende transmitir conocimientos y enriquecer a su público en un plano personal y cultural.

Este es el Museo de Mértola

El caso de Mértola es referente nacional por la forma en que estudia, analiza y presenta el patrimonio.

Actualmente el Museo de Mértola está constituido por 14 núcleos museológicos temáticos. La mayoría de ellos con estructuras arqueológicas en su lugar de origen o instalados en edificios interesantes ya sea por su arquitectura o por su importancia histórica local.

Así, el visitante tiene la oportunidad de conocer mejor el territorio y su ocupación humana a lo largo del tiempo.

De la excavación arqueológica al Museo

Cláudio Torres1

Los palacios y castillos, antes vistos únicamente como símbolo de decrépito poder señorial, pueden ser ahora elementos únicos del paisaje, polos positivos de agregación e identificación local o regional. Ruinas, espacios e incluso el rítmico sonido de lo efímero lúdico, en peligro de extinción, sirven a menudo de bandera de resistencia a una trivialización cultural aparentemente inevitable. 

Al fin y al cabo, el artefacto arqueológico, el patrimonio oculto y olvidado, que representa el gesto y la voz de los que nunca tuvieron historia, que recorre caminos a menudo opuestos a las sugerencias del documento escrito, además de abrir puertas insospechadas al pasado, toca directamente el alma de las pequeñas comunidades, solidifica los recuerdos e incluso puede justificar la búsqueda de una dignidad perdida. El simple artefacto arqueológico, la pobre olla desgastada y ennegrecida por el fuego, la imponente piedra levantada, el lugar sagrado de todas las fábulas, la pequeña capilla de humildes milagros; todo ello, sólidamente anclado en un paisaje humanizado, es el patrimonio inalienable de la tierra y del hombre que la trabaja y la habita.

1 TORRES, Cláudio, “Da escavação arqueológica ao Museu” in, PALMA, Maria de Fátima e RODRIGUES, Clara (coords.), Mértola – da escavação arqueológica ao Museu, Mértola, Campo Arqueológico de Mértola, 2016, pp. 7-11.

Preservar los conocimientos del pasado

Este es el patrimonio más amenazado del mundo rural porque su gestor, el campesino, está al borde de la extinción. El conocimiento de la tierra, las viejas rutas, los nacimientos de las mejores aguas, los límites de los senderos, los mejores pastos para las abejas y el ganado, era él quien mejor los conocía, era el poseedor de la memoria colectiva. Solo él podía pasar el testigo.

Es deber de nuestra sociedad recopilar, estudiar e intentar salvar este conocimiento. Lo mismo puede decirse de los gestos y técnicas de la cocina tradicional, cuyos conocimientos representan formas culturales que, como pocas, son capaces de buscar y encontrar otras maneras de sobrevivir. Las hábiles manos de la mujer, preparando en la chimenea la olla de garbanzos, son un monumento de la sabiduría campesina, capaces de despertar todos los buenos recuerdos. 


También hay opciones en arqueología. También creemos que hay prioridades. Los escombros de los imperios, por serlo o haberlo sido, dejan huellas profundas, imponentes y casi siempre bastante sólidas. Es el caso de las ruinas romanas, donde las baldosas de terracota bien cocidas, las losas de mármol y las duras argamasas han resistido a los sucesivos ataques de los curiosos. Sin embargo, en capas arqueológicas más recientes, cuando en época islámica estos mismos lugares estuvieron ocupados por campesinos, la precariedad de sus viviendas de tierra batida exige una excavación más cuidadosa, otra forma de hacer arqueología.

Otra perspectiva de la vida cotidiana

Se impone una perspectiva diferente sobre el pequeño objeto cotidiano, se valoriza lo negativo de lo que fue un poste de madera, se recoge con esmero una simple pepita de uva o un hueso de albaricoque. Porque estos restos de comida son a veces las únicas señales que nos quedan. Porque, no pocas veces, son el patrimonio necesario para explicar la vida cotidiana de una familia, para justificar la vida de una comunidad. Conservar y apreciar su memoria puede significar un nuevo aliento de vida para quienes hoy habitan el mismo espacio y pueden cultivar la misma tierra.

Preservar y valorar los objetos arqueológicos es una operación que abarca el espacio del museo y el tiempo de la divulgación científica. La publicación museográfica, necesariamente más pedagógica y por tanto más accesible a un público no especializado, no sustituye al lenguaje cifrado y elitista de la revista científica, que pretende alcanzar otros objetivos que de otro modo serían inalcanzables.

 El museo, como espacio protegido, como lugar de la memoria, como local en el que se sacraliza el objeto arqueológico, se comunica, dialoga naturalmente con el investigador, con el especialista. Pero su principal usuario es el público en general. Un público poco atento e incluso ajeno a los mensajes cifrados y casi sesgados de la ciencia, pero que, sin embargo, siempre siente curiosidad ante un hecho, un objeto, una novedad presentada en un lenguaje claro, de forma sencilla y accesible.

Núcleos Museológicos

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